Una reflexión sobre el papel de la Iglesia Católica frente a una sociedad marcada por la polarización, la crisis de sentido y el debilitamiento del tejido social, fue presentada en el Consejo del Centro de Estudios Sociales del Noreste (CESNE) por el Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano y obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, Monseñor Héctor Pérez Villarreal.
Monseñor Pérez Villarreal inició explicando su doble responsabilidad: ser interlocutor de la Iglesia hacia el exterior —ante gobierno, empresarios, asociaciones civiles y medios— y, al mismo tiempo, custodiar la comunión interna entre obispos y diócesis. Desde esa posición, describió un momento histórico caracterizado por una transformación cultural profunda, donde la Iglesia ha pasado de ocupar la centralidad en la configuración de Occidente a una situación de marginalidad cultural.
Ofreció una lectura histórica: durante siglos la Iglesia modeló la civilización occidental; la modernidad desplazó esa autoridad al colocar a la razón como nuevo fundamento; posteriormente, la sociedad derivó hacia dinámicas que ya no solo cuestionan la fe, sino que la ignoran. En ese tránsito surgió un enfrentamiento entre una sociedad antiiglesia y una Iglesia defensiva, lo que produjo tensiones y descrédito mutuo. El Concilio Vaticano II marcó el giro: abandonar la lógica de la condena y optar por el diálogo y la misericordia como método pastoral.
Monseñor Pérez Villarreal identificó los principales retos actuales: la polarización política y social; la fragmentación promovida por los algoritmos digitales; la crisis de verdad en la “infocracia”; la violencia estructural en México y en el mundo; la fragilidad familiar; la confusión identitaria en jóvenes; la pérdida del hábito de lectura; la secularización de la espiritualidad; y el avance de dinámicas culturales que prescinden de Dios. Señaló que la polarización impide sentarse a dialogar con el diferente, y que sin diálogo y perdón no hay reconciliación ni paz.
En ese marco, explicó el esfuerzo del Diálogo Nacional por la Paz impulsado por la Conferencia Episcopal, que ha convocado a empresarios, universidades, organizaciones civiles, policías municipales y madres buscadoras, así como experiencias internacionales (Colombia, Irlanda) donde el diálogo fue condición para la pacificación. Reconoció, sin embargo, la complejidad mexicana: la violencia está dispersa y fragmentada, lo que dificulta identificar interlocutores claros.
Uno de los ejes centrales de su exposición fue el cambio de paradigma eclesial: de una Iglesia que se concebía como dueña de la verdad a una Iglesia que se reconoce sierva de la verdad; de buscar imponerse como creíble a buscar ser significativa y atractiva; de una estructura vertical a un pueblo que camina junto en sinodalidad; de la autorreferencialidad a la misión. La Iglesia, afirmó, existe para evangelizar y debe fortalecer las sinergias con los carismas que Dios suscita también en empresarios, políticos y laicos.
En la parte final, planteó una pregunta provocadora dirigida especialmente al mundo empresarial: si es posible pasar de empresas socialmente responsables a empresas que comprendan su vocación como parte del Reino de Dios. No se trata de añadir prácticas devocionales, sino de asumir que la actividad económica —transformar la realidad, generar trabajo, producir bienes o servicios— puede vivirse como misión. Distinguió tres niveles de éxito empresarial: hacer dinero; influir y expandirse; devolver a la comunidad mediante fundaciones. El paso adicional, para un empresario cristiano, es actuar con perspectiva de Reino: comprender que su vocación y capacidades provienen de Dios y orientarlas a la salvación y al bien integral de la sociedad.
Concluyó subrayando que la Iglesia no es solo la jerarquía, sino todos los bautizados. Frente a la pregunta frecuente “¿qué está haciendo la Iglesia?”, respondió que cada creyente es Iglesia y corresponsable de la misión. La salida a la crisis cultural y social no está en la nostalgia del pasado, sino en escribir, dentro de historias imperfectas, la historia perfecta que Dios inspira, mediante diálogo, comunión y compromiso personal.
